Torre con estructura externa

2018

Las torres cuya estructura externa se extiende por el perímetro, y forma una malla triangular de barras rígidas, siempre me han provocado una atracción especial. Acaso, porque veía en la corteza resistente un elemento de soporte del edificio entero, no ya de las plantas que lo constituyen, más allá –pero no al margen- de la rigidez que la triangulación proporciona al plano resistente

Hace un tiempo –como puede comprobarse en proyectos anteriores de este archivo- que he ido ensayando elementos de soporte triangulados en espacios de gran altura: no soporto corregir los excesos de esbeltez aumentando la sección, sin más monsergas. Un pilar, a partir de cierta altura, deja de ser un pilar, para convertirse en un recurso mecánico y torpe.

Pero jamás hasta ahora he abordado la malla como estructura de corteza de una torre: acaso, porque he visto recurrir a ella como elemento decorativo, a medio camino entre la extravagancia y el pintoresquismo.

La decisión de afrontarlo ahora la debo, fundamentalmente, a dos hechos: el siempre grato recuerdo de la Facultad de Arquitectura de Mendoza (1963), del maestro Enrico Tedeschi y la sugerencia de la visión lejana de un edificio en 170 Amsterdam Av., en New York. Del primero, la naturalidad con que se asume una solución poco habitual; del segundo, la solvencia del tejido de barras para dar cuenta de la escala, textura y estructura, de un edificio de veinte plantas y sesenta y cinco metros de fachada.

Sí; ahora veo que la malla actúa como elemento intermedio entre la escala del edificio y la del usuario –que es la planta habitable-, de modo que la torre con la corteza resistente adquiere una identidad desconocida, que parece más propia de su esbeltez.

 

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