La reconstrucción como proyecto

III-2010

El abandono de los principios y criterios de proyecto de la arquitectura moderna, que comenzó a finales de los años cincuenta y se consumó a lo largo de los sesenta, produjo -entre otros efectos- la salida de la práctica de la arquitectura del dominio del arte: la orfandad estética a que dio lugar la nueva situación trató de ser compensada por la crítica mediante la instauración del concepto como criterio de validación del proyecto. En efecto, la mera identificación de “las ideas” que estimularon y disciplinaban el proyecto vino a sustituir el juicio estético -es decir, el reconocimiento de los valores de la obra-, acto fundamental en el que a lo largo de la historia se ha basado la experiencia estética.

Con el paso de las décadas, en ciertos ámbitos arquitectónicos anglosajones se ha revisado el cometido resolutivo del concepto, lo que ha contribuido en ocasiones a dar más beligerancia al proceso de proyecto: así, la observancia de cierta lógica procesal garantizaría la calidad de la práctica, sin que medie juicio sobre el proyecto o la obra considerada.

Como se observará, en ambos casos se trata de suplir el reconocimiento de los valores estéticos de la obra -o proyecto- para implantar sucedáneos discursivos que en realidad están negando el propio fundamento de lo artístico, es decir, para llevar la evaluación al ámbito de la costumbre. El que una obra responda o no a los propósitos del arquitecto puede ilustrar acerca de su coherencia y capacidad de control, no acerca de la calidad del proyecto o la obra que lo materializa. Del mismo modo, que el producto responda más o menos a un proceso de proyecto reconocible no indica nada acerca de su calidad, entendida como conjunto de cualidades que definen su identidad como hecho artístico.

El mito de la segunda mitad del siglo XX -no solo en arquitectura, sino en la mayor parte de actividades artísticas- ha sido precisamente el propósito de obviar el juicio, para situar la tasación en ámbitos más manejables: el resultado evidente ha sido la instauración de un relativismo que no distingue, sino que se basa en la homogeneización de los valores estéticos, lo que significa la anulación de la propia idea de valor estético.

He hablado de tasación de manera intencionada: a medida que avanzaba el siglo, se ha ido consolidando el afianzamiento de un modelo económico y social basado en el consumo compulsivo -y, por tanto, acrítico- de bienes y mitos. Tal estrategia comporta una previa anulación de la capacidad de juzgar, en un horizonte definido por la desaparición de la idea de preferencia, lo que comporta necesariamente la anulación del gusto. Un gusto que no entiendo como una óptica de clase, sino como la habilidad para reconocer, es decir, como la capacidad de discernir.

La anterior reflexión podría –debería- servir de preámbulo a cualquier discurso sobre la arquitectura contemporánea, pero aquí me sirve para abordar una cuestión concreta: la reconstrucción del proceso de proyecto de un proyecto jamás llevado a la obra. En efecto, el Edificio para la Biblioteca y la Administración del campus del IIT, en Chicago, fue proyectada por Mies van der Rohe entre 1944 y 1945; un proyecto que, como se sabe, no llegó a construirse jamás. La reconstrucción del proceso de proyecto tiene en este caso el enigma añadido de que se desconoce la situación definitiva porque -como se ha visto- no llegó a construirse.

Es habitual constatar que los grandes arquitectos suelen detener sus proyectos en determinados momentos de la evolución que mejoran claramente los estados intermedios por los que ha pasado su proceso: desde la Ville Savoye, en Poissy (1926–29), de Le Corbusier, al British Ats Building, en Yale (1969–77), de Louis Kahn –por referirme solo a dos edificios bien conocidos y de indudable calidad–, la historia de la arquitectura está llena de ejemplos en los que el proceso de proyecto no fue lineal, sino que sufrió notables titubeos, dando lugar a planteamientos intermedios muy distintos –incluso, francamente contradictorios– con la solución que finalmente se construyó.

En el caso que nos ocupa no parece razonable suponer grandes vacilaciones en el planteamiento, a tenor de lo conocido en otros proyectos del autor, lo que hace más interesante su estudio: en efecto, es muy fácil reconocer –por ejemplo– las diferencias estilísticas que median entre las tres versiones conocidas del edificio de Louis Kahn para British Art, en Yale (1969–77), pero no lo es tanto percibir los matices entre las distintas plantas intermedias de Mies van der Rohe para el Palacio de Justicia del Federal Center de Chicago (1959–64, 1973).

Los trabajos de reconstrucción de procesos de proyectos han sido objeto habitualmente de trabajos eruditos, basados en el conocimiento de indicios y circunstancias que rodearon el proyecto para establecer la cronología que parece correcta, sin detenerse –por lo común– a valorar los estadios por los que pasó el trabajo, más allá de una idea mítica de la “la lógica inaccesible de los maestros”. Hasta que se publicaron los archivos de algunos arquitectos importantes del siglo XX, la mera obtención del material y glosa de algunos pormenores tan curiosos como irrelevantes ha sido casi el objetivo fundamental de la investigación.

A partir de la publicación de los materiales intermedios de algunos proyectos importantes de ciertos arquitectos, el problema es otro: no se trata ya de un trabajo de pesquisa, por cuanto la indagación ahora se sitúa en el ámbito del juicio. Hay pocas posibilidades de conocer la cronología precisa de los documentos sobre los que se trabaja, lo que pone en primer lugar el reconocimiento del sentido de las dudas que se advierten en los papeles: unas dudas que ayudan a identificar aquellos extremos que parecieron esenciales a quien proyecta. En definitiva, se abre la posibilidad de que los trabajos de identificación del proceso de proyecto –además de seguir interesando a historiadores y eruditos– puedan interesar a arquitectos empeñados en una actividad constructiva, es decir, ordenadora.

Esta situación ha recibido un apoyo fundamental con la generalización del uso de instrumentos de modelización digital: en efecto, la posibilidad de tener acceso visual a bocetos hasta ahora vinculados solo a los hábitos caligráficos o expresivos de los arquitectos permite un cambio radical en el carácter de la aproximación. El reconocimiento del proceso –es decir, la reconstrucción del proyecto– se convierte en un proyecto en si mismo, donde tan importante como el acierto en el destino es la conciencia de los valores en que se apoya el itinerario.

Hace unos años publique un ensayo titulado El proyecto como (re)construcción (Edicions UPC, Barcelona, 2006), en el que propongo la reconstrucción de edificios ejemplares existentes como la mejor vía para aprender a proyectar: de modo similar a como un mecánico se ejercita desmontando y remontando las máquinas de su incumbencia, el arquitecto que quiera conocer los criterios de proyecto de los grandes arquitectos debería practicar con ellos.

En el tipo de trabajos al que pertenece el que comento, cabe hablar de la proposición simétrica: en efecto estamos ante la reconstrucción como proyecto. En ambos casos se trata de recuperar la experiencia de la arquitectura a través del juicio –es decir, del reconocimiento visual de sus valores–, libre del determinismo intelectual del concepto y del costumbrismo teleológico del proceso.

El trabajo de Roberto Rojas se inscribe en el propósito de recuperar la capacidad de juzgar como única vía para recuperar el proyecto de arquitectura como actividad constructiva, lejos de la gestión de tópicos estilísticos y de la “materialización de ideas” que lo han tenido secuestrado desde hace décadas. Entender el proyecto como reconstrucción de arquitecturas previas es un modo de comprometerse con la historia y con la arquitectura, en tanto que renuncia al tópico tan confortable como irresponsable de la tabula rasa: en efecto, el suponer que la arquitectura comienza en cada proyecto es el mejor modo para justificar no solo la mediocridad, sino la manifiesta incompetencia de gran parte de la arquitectura que desde hace décadas triunfa en los medios.

Por el contrario, recuperar la mirada –es decir, la visión intencionada– como la vía específica de reconocimiento de los valores de la arquitectura es el único modo de proyectar una arquitectura que no desmerezca de la tradición moderna, ámbito de principios y criterios sin el que no se puede entender la mejor arquitectura del siglo XX, que es tanto como decir la mejor arquitectura de la historia.

 

III-2010

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